Las escuelas en su confección son espacios etéricos y vitales. No sólo físicas en su construcción, sino que en esta época su armado y arquitectura dependen de la vital relación entre las partes de quienes la integran.
Las relaciones humanas son el tejido vital para desarrollar este fin en común por amor a las infancias.
El diálogo es el medio mercurial para la comunicación y la sostenibilidad en los procesos.
Un desafío real y presente en nuestros tiempos como almas conscientes.
Pero la realidad en el mundo es que conviven diferentes estados de conciencia y rasgos de épocas culturales haciendo de nuestra modernidad un babilon difícil de consensuar.
Aún así las escuelas nacen dentro de estos epicentros donde conviven pensamientos diversos.
En mi experiencia por el territorio Argentino pude aprender de las comunidades sobre la ardua tarea de crear escuelas y jardines.
La aprobación estatal y ministerial es algo que no tarda en llegar cuando los integrantes de la comunidad de educadores, padres y madres están atentos a las tareas a realizar. Una vez logrado la oficialización comienza la vital tarea de sostenerla autogestivamente año a año.
Muchas veces descansando en lo logrado nos olvidamos o se naturaliza el hecho de seguir con la misma forma en las relaciones humanas que dieron origen a la creación de la escuela.
Lo que resultó al principio en estas relaciones no siempre resulta para una siguiente etapa. Es como en el crecimiento de una flor donde las raíces tienen su forma y función inicial diferente a la etapa siguiente del tronco con sus hojas verdes.
Es entonces cuando nos olvidamos, tal vez, de que lo esencial en lo creado comunitariamente se debe al entendimiento mutuo y que hay que acompañar lo logrado profundizando en el misterio del ser humano desde la Antroposofía; ciencia espiritual que nos brindará herramientas para el conocimiento no sólo de uno mismo sino también de lo social.
Crear escuelas etéricas es crear relaciones fuertes amorosas y seguras donde esta red
será soporte para aquellas almas nuevas de familias que llegan cada año al espacio socioeducativo.
Si hay entendimiento mutuo y relaciones de confianza, no habrá nada externo que ponga en peligro el proyecto, ya que el mismo no está basado en lo físico solamente sino también en la envoltura invisible de lo vital en los encuentros. La escuela o espacio socioeducativo se encuentra como representación en los corazones de quienes las componen.
Pero no todos llegan a este sentido de pertenencia y menos aún las nuevas familias que tienen muchas preguntas por vislumbrar.
Estos actos cualitativos del corazón, donde el Yo de cada integrante está despierto y encendido, garantiza lo cuantitativo de las tareas a lograr, pero estamos tan atentos a lo material, que es una realidad en sí misma que nos nubla lo cualitativo en las relaciones. Las tareas en comisiones parecen lugares que se vacían de sentido y contenido, donde lo urgente sustituye lo importante, y lo importante son los “no tiempos” en las relaciones. Lo importante es saber que Cronos no devorará al colectivo humano, sino que tenemos que crear espacios de recreación y formación para poder beber de la gracia de la Copa de las preguntas: ¿Qué es lo que te aqueja? ¿Quién eres? ¿Estás cumpliendo tu misión en la Tierra? ¿En qué te puedo ayudar para lograrlo? ¿Qué podemos hacer juntos?… Sin esto esencial en las relaciones será difícil compartir tareas en comisiones y resolver en conjunto lo fraterno en lo económico.
Una tarea esencial en la comunidad, entre familias y educadores, centradas en una política de igualdad. Una igualdad que no será estática en sí, pero con una tensión dinámica de equilibrio constante.
No hay recetas, pero sí ideas guías a partir de Steiner y otros desde la Antroposofía que nos brindan herramientas para ser profundizadas. Cada comunidad con estas herramientas, podrá parir sus “comos”, junto con sus saberes populares. En esta común unión para lograrlo entre los saberes populares y la Antroposofía se crearán las nuevas fuerzas vitales para sostener en el tiempo una escuela etérica esencial invisible a los ojos pero real en los corazones cuyo perfume invita como néctar para ser y pertenecer.