Mirar el camino

Invitamos a Patricia Yonzo, a quien tuvimos el privilegio de tener como directora en el período 2018-2022 para que nos cuente cómo fue la historia que la hizo llegar a nuestra amada Escuela Aguaribay. Su huella imborrable en las niñeces y familias a las que tocó con su corazón junto a sus semillas de fuerza, sostén y amor incondicional que siempre nos guiarán hacia una ¡Larga vida Aguaribay!

«Quiero tiempo, pero tiempo no apurado. Tiempo de jugar que es el mejor…»
Marcha de Osías / María Elena Walsh

Tuve una infancia feliz; elegí nacer en una familia numerosa. Papá Felipe y mamá Lita, tres hermanos mayores y, detrás de mí, tres hermanas.

Tanto lo colectivo como lo espiritual marcaron esa etapa fuertemente, sobre todo por ser fervientes católicos, muy comprometidos en la parroquia del barrio.

Intuyo que la vocación docente viene también de esa matriz. Felipe tuvo la posta al ejercer la docencia, luego todos y todas seguimos el camino de cultivar ese noble oficio.

Recuerdo que me divertía jugar y «mandonear» a mis hermanos y hermanas, pero lo que más me gustaba era cuando dedicamos horas a los trabajos manuales. Bordar, tejer, coser o cocinar junto a mi mamá, mis tías, mi nona y mis hermanas, se convertía en un espacio mágico donde el tiempo se volvía no apurado como el de Osías.

Si pienso en mis 8 años, me emociona evocar la primera máquina de coser de juguete y el asombro que me provocaba ver cómo aquella minúscula manivela giraba y transformaba el hilo en una puntada sobre la tela.

Nadie de mi entorno conocía a Rudolf Steiner; sin embargo, al recorrer mi historia, comprendo que la Antroposofía dió nombre a esas experiencias vitales que enriquecieron mi «edad de oro».

La mamá y el papá, al momento de decidir nuestra escolaridad primaria, optaron por enviarnos a los siete a una escuela católica, motivados por la idea que tuviéramos la misma base religiosa y académica, dejando que después cada uno eligiera su propio camino, de hecho fuimos a distintas secundarias, para mi ese fue un tiempo de siembra.

En aquel bachiller, egresé con el título de maestra de manualidades y artes del vestir, no solo aprendí infinidad de cosas, sino que pude perfeccionar un camino creativo, vinculado con lo artesanal que había comenzado en mi niñez y que luego sería tan necesario para la futura experiencia con la Pedagogía Waldorf.

Al terminar el secundario, no tuve dudas de mi vocación. Con los años fui Profesora de Nivel Inicial y Nivel Primario, luego de un tiempo me recibí de Licenciada en Gestión Comunitaria y finalmente me formé en Pedagogía Waldorf.

Mientras tanto, estudiar y trabajar era algo necesario y natural en mi casa de crianza. Muchas de esas experiencias laborales rondaban entre tareas de cuidado y contención de niñeces.

Con el título en mano, mi vocación docente fue atravesada por inquietudes sociales. Trabajé muchos años para comunidades desfavorecidas, donde la pobreza desbordaba lo institucional y pedagógico.

Era más urgente limpiar con amor la cabecita empiojada de una niña en vez de insistir con memorizar las tablas. En ese contexto, mi opción fue involucrarme con las dificultades de ese entorno y el único plan posible era «embarrarse».

En esa etapa también fui directora-maestra en un S.E.O.S (Servicio Educativo de Origen Social), acompañando hombro a hombro a familias, docentes, niños, niñas, jóvenes e interactuando con actores sociales como municipalidad, programas de adicciones, uniones vecinales, centros de salud, centros de apoyo educativo, polideportivos, D.I.N.A.F.F., etc.

Más tarde, la enseñanza privada se presentó como otra alternativa. Allí conocí infancias con oportunidades y biografías muy distintas a las que había acompañado hasta entonces.

Fue un período de caos, sensaciones y realidades encontradas…

Hoy, al mirar en retrospectiva bajo la luz del pensamiento de Steiner, comprendo aquello que dijo de la juventud: «Hay que atravesar esas tempestades de emociones y sensaciones, que obligan al yo, a aprender a conducir el barco a través de las tormentas».

Entre estos vaivenes, llegó mi hijo, Francisco, que me elige como mamá. Maternar fue la más inmensa de las tareas y muchas veces contradictoria, donde la felicidad, la angustia, los compromisos y el deseo me llevaron hacia aprendizajes significativos y un mayor despertar de la consciencia.

Mi compromiso con la docencia y la maternidad me llenó de preguntas: ¿cómo hacer, pensar, sentir? ¿cómo seguir en el mundo de la educación, valorando lo recorrido? y, al mismo tiempo, abriendome a otras formas, rutas, otros gestos y luchas?

Y así, el primer acercamiento a la Antroposofía, base filosófica de la pedagogía Waldorf, fue a través de un grupo de lectura. Allí sentí que se abría una ventana hacia un paisaje que renovaba mi vocación y mi alma.

Una vez más, la comunidad,lo social, apareció en mi vida como un camino posible, amable, luminoso, reflejo de aquella infancia sin tiempo.

Y por allá, en Maipú…provincia de Mendoza…un grupo de madres y padres me invitó a acompañarlos y junto a Alicia Soria, gran docente y amiga, nos sumamos a semejante desafío.

El impulso común se manifestó en un deseo: brindar a esas infancias otras formas de socializar y aprender.

Así nace nuestra Escuela «AGUARIBAY», Gestión social-Pedagogía Waldorf

Ese fue un lugar donde el encuentro y la transformación fueron posibles gracias a los acuerdos construidos por la comunidad y el cuenco de maestros y maestras que son urdimbre que entrelaza…abraza y sostiene.

Por supuesto, estos acuerdos son fáciles de enunciar, pero complejos de concretar. En cada apuesta, intentábamos que la realidad del otro fuera nuestra brújula, ya que de nada sirve aferrarse a dogmas o propuestas cuando se convierten en expresiones superficiales de algo tan bueno-bello- verdadero como la Pedagogía Waldorf.

Desde este terruño, con su complejidad , profundidad y tradiciones, me pregunto:
¿Cuáles son las huellas que nos mantienen en lo esencial? ¿Cuáles nos comprometen y nos marcan el camino?

No hay una única respuesta, pero intuyo que, mirando con libertad la humanidad de las otredades y su biografía, encontraremos ese atajo.

Nadie mejor que Steiner para orientarnos, cuando afirma:«Una vida social saludable, solo se consigue cuando en el espejo del alma humana, la comunidad entera encuentra su reflejo. Y cuando la virtud de cada uno y cada una, vive en toda la comunidad».

Hoy, mirando hacia atrás y hacia adelante, comprendo que la educación no es solo transmitir conocimientos, sino generar espacios donde cada ser pueda desplegar su esencia. Es, como dice Steiner, un proceso de profunda transformación, tanto para quienes enseñan como para quienes aprenden.

El desafío continúa: mantener vivas las preguntas, sostener la mirada abierta y seguir construyendo…seguir creyendo, con la certeza de que la comunidad y el amor siempre nos marcarán el camino.

2 respuestas

  1. Hermoso recorrido Patri querida, gracias por compartir esta experiencia y por recordarnos que educar es un actos de amor, compromiso y transformación constante. Te quiero!

  2. Maravilloso relato de Vida
    En lo personal, ha sido y es un lujito haber conocido y compartir con Patricia largas caminatas ( Ecoandinia )
    Emociona leerla !

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